Como
mi pensamiento e ideas coinciden perfectamente con las del Sr. Pío
Moa, es él quien llena mi comentario de hoy por dos razones. Una,
que pienso igual y otra cumplir la voluntad del Sr.Moa divulgando la
verdad sobre el Valle y sobre nuestra Historia.
El
Valle de los Caídos fue en primer lugar un monumento a la victoria
de los nacionales. Una victoria sobre la revolución y el
totalitarismo de quienes pretendían acabar con la base cultural
cristiana y disgregar la propia nación española. Franco entendió
esa victoria como un hecho de proyección nacional e internacional,
pues fue un gran triunfo en el campo de batalla sobre el stalinismo.
El resultado fue probablemente el monumento más grandioso, armónico
e inspirado del siglo XX en su género. Aunque no hubiera sido más
que un símbolo de la victoria sobre fuerzas oscuras, solo a unos
locos de estilo talibán se les habría ocurrido demolerlo, aunque no
debemos olvidar que durante la guerra, esa gente hizo un enorme
destrozo del patrimonio artístico e histórico español. El Valle
simboliza un hecho histórico real crucial, guste o no guste, y es
una obra lograda, de enorme valor artístico. Solo por eso merece el
respeto de las personas civilizadas.
Pero
además, el Valle es un monumento a la paz. Algún necio hizo la
frasecilla idiota, muy repetida, de que al terminar la guerra no
llegó la paz, sino la victoria. Llegó esta, y como consecuencia de
ella, la paz. Una paz que todavía dura, la más larga que haya
vivido España en dos siglos, de la que se ha beneficiado la inmensa
mayoría de los españoles, incluyendo, por supuesto, a aquel necio,
que realizó una espléndida carrera artística bajo aquella paz
victoriosa. Y precisamente la paz más fructífera que haya conocido
España en estos siglos, pues le permitió rehacerse de los muchos
desastres y atrasos anteriores y pasar de una pronunciada y convulsa
decadencia a una situación próspera y progresiva.
Y,
en tercer lugar, se trata de un monumento a la reconciliación,
concretada en la sepultura de combatientes de los dos bandos. Que se
hizo con tres condiciones: el muerto debía ser español, bautizado
(lo eran prácticamente todos) y (contra una venenosa falsedad muy
divulgada) con autorización de los familiares si el cuerpo estaba
identificado . Con perfecta mendacidad se ha afirmado que la
reconciliación fue obra de la transición, cuando ocurrió
exactamente al revés: la transición fue posible gracias a la
reconciliación habida en los años anteriores. Quienes se
reconciliaron entonces, muchos de ellos con gran falsía, fueron los
políticos y partidos, pues el pueblo ya lo estaba.
¿Y
cuándo se produjo la reconciliación? Creo haber demostrado que fue
ya en los duros años 40. Quienes maldicen aquella época fingen
ignorar que las gentes que había simpatizado o combatido en las
filas del Frente Popular, habían experimentado en sus carnes la
revolución, que consistió en la práctica en miseria, el hambre
mayor del siglo XX, la arbitrariedad y el despotismo, amén del
“Himalaya de mentiras” mencionado por Besteiro. Creo que nadie lo
ha descrito mejor que el “padre espiritual de la república”
Gregorio Marañón. Y habían vivido las peleas, persecuciones y
asesinatos entre las propias izquierdas, derrotadas finalmente en
medio de una guerra civil entre ellas mismas, hecho por demás
significativo. Y habían sido testigos de cómo los jefes escapaban
llevándose tesoros saqueados a todo el mundo, mientras dejaban atrás
sin la menor preocupación a miles de seguidores suyos, sicarios
complicados en las checas y en todo tipo de asesinatos y robos y a
quienes los vencedores ajustarían cuentas, lógicamente.
La
masa de los simpatizantes del Frente Popular quizá no sentía
simpatía por los nacionales, pero desde luego estaba muy
escarmentada de las izquierdas y separatistas, y no quería ninguna
nueva dosis de lo mismo. Que esto no es una simple suposición lo
probó el maquis, organizado sobre todo por los comunistas para
reavivar la guerra civil y provocar la intervención exterior (todo
esto lo he tratado en una novela recién publicada). El maquis estaba
perfectamente concebido para explotar la pobreza y el hambre de
aquellos tiempos, el posible resentimiento por la represión y, sobre
todo, el impacto psicológico de la victoria de los Aliados y la
presencia hostil de sus ejércitos al norte de los Pirineos y al sur
del protectorado de Marruecos. Pues bien, aun con todas esas ventajas
a su favor, el maquis fracasó ante todo porque nunca consiguió
convencer y arrastrar a una población que tenía otros deseos y
otras esperanzas.
Uno
podría preguntarse por qué extravagante razón intentan muchos, a
estas alturas, destruir el monumento o cambiar su carácter. Y la
razón es, precisamente, que saben que se trata de un símbolo de la
victoria, la paz y la reconciliación. Precisamente por eso se les
hace insoportable. Hay en todo ello algo de delirio y algo de la
misma farsa del necio de la victoria y la paz. Todos ellos presumen
de antifranquistas y quienes luchamos contra el franquismo fuimos muy
pocos. Ha sido cuando ese régimen dejó de existir cuando han salido
a flote tales antifranquistas de pega, más intransigentes que nadie,
a pesar de que en su inmensa mayoría hicieron muy buenas carreras en
el franquismo, incluso en el propio aparato del estado. Pienso en
personajes como Juan Luis Cebrián o Ángel Viñas, directores de la
orquesta entre tantísimos otros. Como es natural, solo han podido
actuar creando un nuevo Himalaya de mentiras como el que denunció
Besteiro, hombre de izquierdas pero por entonces mucho más sensato y
veraz que la caterva aquella.
Expondré
dos simples y definitivas mentiras al respecto: según ellos, la
victoria de Franco fue la derrota de la democracia. ¿Y quiénes
serían los demócratas? El Frente Popular se compuso, de hecho o de
derecho, de stalinistas, marxistas del PSOE aún más radicales que
aquellos, anarquistas, separatistas de la Esquerra, ultrarracistas
del PNV y golpistas como Azaña, todos ellos juntos no en amor pero
sí en compañía y bajo la tutela del gran demócrata Stalin. ¿Cómo
se puede intentar hacer tragar un embuste de este tamaño? Cierto que
Franco no fue un demócrata, pues creía, después de la desastrosa
experiencia republicana, que la democracia no podía funcionar en
España y que esta necesitaba un largo período de autoridad para
rehacerse de las locuras pasadas. Y su régimen no tuvo nada que ver
con los totalitarios de izquierdas ni de derechas, si al nazismo
puede considerársele de derecha. Fue, simplemente un régimen
autoritario que, repito, permitió la más larga paz (hasta ahora
mismo) y el mayor progreso que haya vivido el país desde tiempo
inmemorial. Con ello, precisamente, ha sido posible un paso tranquilo
a una democracia, aun si defectuosa, que ponen en peligro
precisamente los antifranquistas con sus talibanadas.
La
segunda gran mentira se refiere directamente a su odiado Valle de los
Caídos. Todos hemos oído propalar por los medios de masas, incluso
de leyendas, la fábula de los 20.000 presos políticos esclavizados
en trabajos forzados, con un enorme índice de mortalidad, malos
tratos y desatención médica. Parecían estar describiendo el
Gulag, con cuyo régimen tanto han simpatizado estos sujetos, y baste
recordar el episodio Solzhenitsin. En fin, el mismo Preston, algo
menos salvaje o menos botarate que esta gente, ha reconocido que el
Valle es “una maravilla”; pero, fiel a la manipulación
propagandística, propone que allí se exponga cómo fue construido
por presos políticos forzados. Por mi parte, creo que estaría bien
una placa que explicase que unos pocos centenares de presos acusados
de delitos graves e incluso terroríficos, trabajaron allí algunos
años redimiendo penas de hasta cinco y seis días por cada uno
trabajado, de modo que una cadena perpetua de treinta años se
reducía a cinco o seis; que lo hicieron voluntariamente, cobrando
sueldo; que se les permitió vivir allí con sus familias; que muchos
solicitaron seguir trabajando allí al extinguir su condena; que no
hubo malos tratos y que la siniestralidad fue sorprendentemente baja:
el primer muerto a los ocho años de empezar las obras, y en total
dieciséis. Todo lo cual está perfectamente documentado, al revés
que las calumnias hoy en boga. Puede añadirse que, al revés que
muchas obras faraónicas e inútiles actuales, no costó nada al
erario, sino que fue sufragado con donativos y loterías especiales.
¿Por
qué precisa esta gente inventar y difundir sistemáticamente la
mentira? Porque tienen por excelentes unas ideologías confusas y
contradictorias, y en función de esa excelencia imaginaria y en pro
de unos ideales gratuitos creen justificado desvirtuar la historia
de la manera más indecente. Y cuentan con la colaboración pasiva
del PP
El
Valle de los Caídos condensa nuestra realidad histórica de los
últimos setenta y cinco años. A las conferencias citadas solo
asistieron una sesenta personas, indicio tanto de la poca conciencia
de la mayoría como de la necesidad de enderezar a la opinión
pública hacia la verdad histórica si no queremos que, como
advertía Santayana, nos veamos condenados a repetir lo peor de
nuestro pasado. Por eso pido a mis amables lectores, desde este blog,
que hagan cuanto esté en sus manos por contrarrestar la campaña de
calumnias y difundan al máximo este pequeño resumen.





