
Ahora que llegan las fiestas navideñas, me vienen a la memoria los años de mi juventud, años que en nuestra mente parecen recientes, pero que cuando miras a tu alrededor ves lo lejos que han quedado.
Estoy viendo ahora las calles de la ciudad en la que resido, y no las conozco. Los edificios que se habían quedado viejos han sido sustituidos por unos nuevos, borrando del disco duro de la memoria la imagen que de éllos teníamos formada.
Lo mismo ocurre con los vehículos. Por donde intentes dirigirte, allí están alineados, quietos, formando una barrera a veces difícil de atravesar si intentas cruzar a la acera contraria. Y eso, después de haber estado atento con los que están circulando, a los que hay que evitar bajo pena de no contarlo.
Ha cambiado mucho la vida cotidiana, ya no es lo tranquila que se desarrollaba bajo nuestros ojos juveniles, aquellos paseos con los amigos mirando los grupos de chicas, que realmente hacían lo mismo, o sea, mirarnos a nosotros. Después, en fiestas del pueblo, o en las ferias ambulantes que nos visitaban, podías acercarte a la chica que te había gustado, y si élla veías que te aceptaba pues ya empezabas a salir en plan de seminovio, dejando a los amigos. ¡ Qué tiempos !.
En mi época juvenil se podía hacer todo esto sin miedo a ser atropellado, habían muy pocos vehículos circulando y las calles resultaban muy tranquilas. Paseando, se miraban los escaparates de las tiendas y mentalmente se elegían las cosas que te podrías comprar si tuvieses el dinero que pedían por éllas.
Estas fechas me recuerdan todas estas cosas. También las tarjetas de felicitación que entregaba “ El sereno” todos los años, puerta por puerta, en las casas que tenía asignadas. Ese era el aguinaldo de esos hombres, los cuales se pasaban las noches atendiendo a los noctámbulos que llegaban a casa pasadas las 12 de la noche y que al sonido de las palmas del noctámbulo, acudía con el manojo enorme de llaves y habría la puerta de la calle para que pudiese entrar el cliente.
También, pero ya un poco más tarde, al ir aumentando los vehículos, el Ayuntamiento designó un guardia, el cual, situado en la confluencia de las calles más transitadas, dirigía la circulación, tanto de vehículos como de peatones.
Recuerdo que por estas fechas, los vehículos paraban al lado del guardia y le dejaban a su lado cajas, unas más grandes, otras más pequeñas, cuyo contenido estaba formado por botellas, turrones, dátiles, botes de melocotón, alguna botella de coñac, algún que otro chorizo, et.et.
A veces habían tantas cajas que el guardia tenía que subir encima de éllas para poder dirigir la circulación. ¡ Era todo un espectáculo!.
¡ Qué diferencia en la actualidad !. A veces pienso si ha valido la pena perder lo que teníamos por tener lo que tenemos.
Pero la explicación es sencilla y está en que éstos, son los pensamientos de una persona mayor, añorando el tiempo pasado que para él fué el mejor.


